Ensayo sobre mis difuntos...

Sentado junto a la ventanilla del camión rumbo a su casa, José veía pasar a toda la gente atareada por la fiesta de Todos los Santos, personas con bolsas de fruta y ramos de cempasúchil, niños con máscaras y trinches de diablo, vendedores que se hacían ricos con los precios tan altos de las cosas, abuelas con sahumerios e inciensos y multitud de autos atorados en las avenidas. José se pregunta si es verdad que los difuntos de uno vienen para degustar sus alimentos preferidos, o sus más preciados vicios, si era cierto que el más allá no está tan allá sino muy cerca de nosotros, el no era de esos fanáticos que adornaban su casa con papel picado, ni de los que cantaban ‘Tápame con tu rebozo, llorona, porque me muero de frío’, ni ‘Las calaveras todas blancas son’, José no era muy creyente; a pesar de que sus abuelos y sus padres eran fieles devotos, a José no le gustaban esas tradiciones, él no ponía ofrendas, no quemaba inciensos de azufre para viajar a otros lugares, ni mucho menos visitaba a sus muertos, José no era de la idea de disfrazar a sus hijos de aquellas cosas tan espantosas que en lugar de honrar la memoria de sus eres queridos, alababan a demonios americanos inventados para una noche de terror. Él sabía muy bien que no debía celebrar Halloween, más que por sus creencias, por la historia misma de la Fiesta, ya que la noche del 31 de octubre (Halloween) se sacrifican miles de niños inocentes a Satanás para obtener favores de parte de él, en una de las más importantes celebraciones pagano-satánicas (además de la Noche de Walpurgis) de nuestros tiempos.
El tránsito era muy lento, y a José lo invadió un sueño provocado por el aplastante sol que daba sobre su rostro, fue cayendo poco a poco dejándose mecer por los gritos de la gente y las bocinas de los autos. ‘Acaba de sueño darme, que alivia mi gran tormento, oculta mi pensamiento, déjame ya descansar’.
El tránsito era muy lento, y a José lo invadió un sueño provocado por el aplastante sol que daba sobre su rostro, fue cayendo poco a poco dejándose mecer por los gritos de la gente y las bocinas de los autos. ‘Acaba de sueño darme, que alivia mi gran tormento, oculta mi pensamiento, déjame ya descansar’.
“Y verás tu linda cara frente al espejo demacrada, y el dolor será tu amor, masacrando tu mirada. Tan sólo quiero verte llorar, he mandado a la muerte a buscar, tan sólo quiero oírte gritar, en el infierno te he de encontrar…”
José Reparo de un salto, ya no estaba en el camión, se encontraba en una calle sombría tirado en la banqueta, una multitud de gente vestida de luto pasaba por ella, delante iba una corte fúnebre. Él se adelantó para ver de quién se trababa (sin importarle dónde estaba o cómo fue que había llegado allí), al llegar a un lado del féretro la multitud se detuvo y bajaron el cuerpo; José se quedó mirando lo que sucedía, un hombre de mirada cálida y rostro sereno pasaba por delante del cortejo junto con otros hombres. Varias personas gritaron: ¡Es el Maestro, es Él! Cuando el Hombre vio que estaba rodeado de mucha gente, mandó pasar al otro lado. Acercándosele uno de los que cargaba el ataúd le dijo: Maestro, te seguiré adondequiera que vayas. El Hombre le respondió: Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza. Cuando uno de los hijos de aquel a quien cargaban en la caja escuchó estas palabras, le dijo al Maestro: Señor, permíteme que vaya primero y entierre a mi padre. Y el Hombre le dijo: Sígueme; deja que los muertos entierren a sus muertos.
Dicho esto, el Hombre siguió caminando junto con los que iban con él; el cortejo siguió su camino y José sintió que era transportado a otra dimensión, a un lugar que apestaba a azufre (curioso) y en el que se sentía un calor sofocante. Estaba en una fila que no parecía tener fin; mientras avanzaba, veía como destinaban a la gente a castigos tormentosos, a celdas o cavernas a las que se aferraban desesperadamente en no entrar. Veía a unos sujetos vestidos de formas extrañas haciendo un tipo de rituales, a otros que gritaban con fuerza: ¡Guerra, Guerra, Guerra contra Miguel!, por encima de él, escuchaba gritos y trozos de metales cayendo, espadas que chocaban, aleteos y pasos; volteó hacia arriba y vio ángeles peleando con aquellos seres raros que vestían de formas extrañas, los ángeles gritaban cada vez que atacaban: ¡Quién como Dios! Y blandían sus espadas con más fuerza. De pronto se encontró al frente de la fila. Tu nombre, dijo una voz ronca. Me llamo José, señor. ¡Tu nombre completo! José Rivas Panadero, señor. Así que eras Panadero. No, señor, Panadero es mi apellido, yo soy operador de… un momento ¿cómo que era? Sí, eras, ahora estás muerto. ¿Cómo? Un carro te atropelló. No, digo que no puede ser posible, yo estoy vivo. El ser soltó una risa, y después le dijo: eso dicen todos cuando llegan a este lugar, a ver, José Rivas, José Rivas, al parecer hay un error, tu debiste ir a otro lado, no perteneces aquí, pero, ya que estas pues, no te vendrían mal unos cuantos años de azotes. Al salir de aquel lugar, otro ser le llevó algunos niveles más arriba.
“Cubre tu manto, mi luz y mi amor, suave es el óbito y dulce este dolor. Tómame y el viento hará una canción con el fuego eterno que sellará nuestra unión”.
Se sintió muy feliz y relajado mientras abría los ojos, veía ángeles que cantaban, una luz demasiado brillante y entonces oyó una voz: José, guarda para ti lo que has visto, ponlo en práctica y aprende. Enséñales a tus hijos, y a los hijos de tus hijos, dile a todo aquel que honre a los muertos ¡que se cuide de los vivos! que Dios no es un Dios de Muertos, sino Dios de vivos, así que vosotros mucho erráis.
“¿Es que acaso se vive de verdad en la tierra?, ¡No por siempre en la tierra, solo por breve tiempo aquí! Aunque sea de jade: también se quiebra; aunque sea de oro, también se hiende, y aún el plumaje de quetzal se desgarra: ¡No por siempre en la tierra, sólo breve tiempo aquí!”
José despertó por un chiflido del conductor, ya habían llegado a la base de los camiones, José tuvo que bajar y caminar un poco para llegar a su casa. Se había pasado. Iba pensando en aquel sueño tan raro, en la muerte y en el miedo a ella. No hay miedo ni a la muerte ni a la oscuridad, el verdadero miedo es a lo desconocido: tememos a la oscuridad porque no podemos ver lo que hay en ella, y tememos a la muerte porque algunos, no saben a donde irán. José había comprendido aquel mensaje.
“Quién me vende un alma, y me presta esperanza, pues es el fin del camino, y no sé a dónde ir”
Es bueno recordar a nuestros seres queridos que han fallecido, pero nunca creer que volverán para sentarse a la mesa con nosotros. A José, eso ya no le preocupaba, al fin y al cabo, La muerte no es más que un sueño y un olvido.
